Cuentos, relatos y palabras
Sábado agosto 23rd 2014

El origen de los nombres y apellidos

Cada palabra, desde el primer sonido que pronunció la humanidad, tiene un sentido, conserva relación con algo y proviene de la lógica. Cada artículo hasta hoy publicado sobre el origen de las palabras, nos ha mostrado cómo fuimos nombrando el mundo que nos rodea con palabras que de alguna manera encierran un concepto, que pudo haber cambiado, mutado, y que de una, como en una cadena evolutiva, iban derivando otras otorgándole a nuestra lengua y por qué no a nuestro intelecto, mayores riquezas. Del mismo modo como nacieron nuestras palabras lo hicieron nuestros nombres y apellidos, guardando la misma lógica de buscarle una relación a las cosas, un parecido, una cualidad en común. Podemos asegurar que todos los nombres fueron en su origen significativos. Si la significación se perdió, no por eso deja de tenerla y podemos volver y buscarla.

“El padre, leemos en las leyes de Manú (importante texto sánscrito de la sociedad antigua de la India), el padre pondrá nombre solemnemente al hijo varón el décimo u onceavo día, en un día lunar propicio, en el momento favorable y bajo feliz estrella. El nombre del sacerdote expresará favor; el del guerrero, poder; el del labrador, riqueza; el del siervo, dependencia. Que el nombre de la mujer sea fácil de pronunciar, dulce, claro, agradable y propicio, que termine en vocales largas, que suene como palabras de bendición”

Dos elementos componen todo nombre: el fonético y el lógico (la idea). Antiguamente, algunos pueblos, como los hebreos, en el momento de otorgarle un nombre a un recién nacido, al no tener éste profesión ni cualidades morales ni físicas, le daban el nombre de alguno de los abuelos o pariente, creyendo que las cualidades se transmitirían de generación en generación. En otras ocasiones el nombre lo determinaban las circunstancias del nacimiento o las primeras palabras del padre al verlo, el mes, el santoral, o simplemente, la emoción del momento. Para las mujeres buscaban un nombre significativo: Ana (graciosa), Sara (princesa), Esther (estrella). En cambio, los griegos y romanos modificaban el nombre del padre: Criseida, hija de Críses.

El apellido no aparece sino con la sociedad romana, ningún pueblo hasta entonces había conocido la herencia del apellido, ni judíos ni griegos. Al principio, los ciudadanos romanos recibían un solo nombre, sin embargo, poco después, fue necesario designarles tres o cuatro para que pudieran individualizase dentro de la sociedad. El primero nombre era el de pila (praenomen), el segundo el del grupo del que descendían (nomen) y el tercero era el cognomen, el apellido o nombre de la familia. Por último, en cuarto lugar, se incorporó el agnomen, que hacía referencia a una característica distintiva del individuo, por ejemplo: el africano, el asiático, el hispano.
Hubo familias ilustres que se complacían en acumular nombres. No sólo se transmitían por filiación, también por adopción y emancipación. El esclavo tenía uno solo, a veces era el de su dueño, un poco modificado (Lucipor derivado de Lucipuer) y otras, el dueño mismo le daba uno según su capricho. También existen apellidos que llevan la huella de invasiones. En los pueblos sometidos a una dominación extranjera, adoptar los nombres de los vencedores y ponérselos a sus hijos, era normal. Los judíos, después de la conquista de Palestina por Alejandro, tomaron nombres griegos. Los bárbaros sojuzgados por Roma, creyeron desbarbarizarse, dándole forma latina a los suyos. No hace mucho, en Hungría centenares de familias obtuvieron la autorización para volver a tomar sus nombres originales, que habían cambiado por alemanes bajo el régimen austriaco. Y cómo olvidar las modificaciones de los apellidos judíos para que sonaran más germánicos, en la Segunda Guerra Mundial.

 Los primeros apellidos se formaron añadiendo el nombre del padre, lo que conocemos como patronímico. Los árabes anteponían la palabra ben, los hebreos bar y los romanos la terminación –ius (de filius). En la formación y el uso del patronímico llegó a reinar una gran confusión y anarquía, no había orden, reglas ni distinciones, era usado de igual modo por cualquier clase social, hasta que comienza a quedar relegado, sólo para la clase inferior.

En España, el patronímico se formó añadiendo la terminación –ez al nombre de pila (Martínez, hijo de Martín; Rodríguez, hijo de Rodrigo). En Alemania usaron –sohn; los ingleses –son. En lenguas eslavas se emplean los sufijos –itch, -its, -witsch, -wicz, -off, -eff, etc., y –ovna, –evna para las mujeres. En Polonia, -ski para el masculino y –ska para el femenino. Los normandos llevaron a Inglaterra el –fitz (de filius), que los escoceses reemplazaron por mac- (Mac-Mahon), que también adoptaron los irlandeses junto con O’ (O’Farrel). Los rumanos recurren a –cu (Gheorghescu), los vascos a –ana, -ena (Lorenzana); los italianos a –i (Galilei) y los franceses a De- (Depierre).

Ante la evidente necesidad de identificar a las personas en sociedades cada vez más amplias, comienzan a utilizarse otros medios además del patronímico, esto constituye el germen para que los apellidos se conviertan en hereditarios y se asemejen a lo que son hoy en día.

Una manera ha sido por el oficio. Desde tiempos remotos, el oficio se transmitía de padres a hijos, esto contribuyó a que el apellido se heredara también (Herrero, Zapatero). Durante los siglos VII a X se empleó un sobrenombre indicativo de una cualidad física, psíquica o moral, estos nombres acabaron convirtiéndose en apellidos, por ejemplo: Calvo, Delgado, Rubio, Crespo, Verdugo. En ese mismo período aparecieron apellidos que expresaban un parentesco (Nieto, Cuñado, Sobrino). Otros denotaban similitudes con ciertos animales (Águila, Palomo, Gallo, Lobo, Borrego). Así mismo, se formaron apellidos que aludían al lugar de procedencia (del Río, del Monte, Navarro, Córdoba). Las familias nobles, en la mayoría de los casos, tomaban como apellido el nombre del castillo que poseían o su título o grado de milicia (Caballero, Conde, Duque, Infante). Los hay de origen religioso y eclesiástico (Salvador, Santa María, Fraile, Abad, Obispo, Monge, Sacristán) y, por qué no, de objetos artificiales (Calderón, Castillo, Correo, Iglesias, Llave, Mesa, Tapia, Torre, etc.).

Una anécdota curiosa con respecto a los apellidos es la que le sucedió a José Saramago, cuyos padres se llamaban José de Sousa y María da Piedade, Saramago era el apodo de la familia paterna, que a su vez fue tomado del nombre de una planta silvestre. Lo lógico hubiese sido que él se llamara igual que su padre (José de Sousa) pero el funcionario del registro civil lo anotó como José Saramago, porque conocía a la familia por el apodo “los Saramagos”. Por eso, el escritor siempre dijo, no sin razón, que él fue el primer Saramago de su familia.

 

 

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