Palabras con historia – Etimología de la palabra ‘cultura’
El concepto de cultura ha evolucionado en su significado constantemente desde su origen, dejando patente que las palabras son letras vivas que nacen, crecen, se reproducen y mueren.
La palabra cultura proviene del latín colere, que guardaba diferentes acepciones simultáneamente: “habitar” y “cultivar”. ¿Por qué?, no es difícil comprender la razón: la agricultura le permitió a los hombres convertirse en sedentarios, en residentes permanentes, por eso la idea de habitar y cultivar estaban tan relacionadas. De hecho, de esta combinación de conceptos nació el vocablo colono (hombre que ocupa una tierra para habitarla y explotarla).
En español tenemos numerosos derivados del vocablo latín colere. Algunos remiten al concepto de “cultivo”, por ejemplo horticultura, agricultura, apicultura, piscicultura; y otros conservan el aspecto semántico de “habitar”, como arborícola, terrícola, acuícola, cavernícola.
Uno de estos derivados es colono, que ya mencionamos antes. Otro es culto, conjunto de ritos y ceremonias litúrgicas con que se tributa homenaje. Culto proviene de cultus, como se llamaba a las tierras o plantas cultivadas y que por el esfuerzo que requería labrarlas adquirió el significado de “cuidado”, y como el cuidado o adoración y el cultivo estaban tan relacionados con el rito religioso nace el término culto, refiriéndose a la ceremonia litúrgica con que se tributa homenaje a los dioses, es decir, se rinde culto. También llegó a considerarse culto a todo ser humano que cultivase su espíritu. En este sentido, seguía vigente la idea de la época sofista en Grecia, que consideraba que el espíritu era como un campo. El hombre inculto sería como un campo sin labrar, mientras que el hombre culto tendría el espíritu cuidado, cultivado. Aquí el término cultura se entiende aplicado al ámbito del individuo, pero a partir de los siglos XVII y XVIII se amplía el concepto extendiéndose a todo aquello que el hombre añade a la naturaleza, ya sea así mismo, cultivándose, como en otros objetos tales como utensilios, herramientas; de manera que la cultura se entiende como la intervención constante del hombre frente a la naturaleza. Kant la definía como “la producción en un ser racional de la capacidad de escoger sus propios fines”, o sea, cuanto menos cultivada sea una persona sus actos estarán atados a su propia ignorancia, guiados por creencias, mitos y un escaso raciocinio; todo lo contrario a un ser cultivado, aquel que se trabajó capacitándose para algo más de lo que la naturaleza lo ha dotado.
La evolución de este concepto se dio de esta manera. En tiempos del Imperio Romano hasta el siglo XVI, la palabra cultura hacía referencia a la preocupación por la producción agrícola. En Francia aún durante los siglos XVII y XVIII, decir “tengo una cultura” significaba “tengo una parcela de tierra (en producción)”. Más tarde comienza a ser usada también en un sentido metafórico, como acción de cultivar el conocimiento, o el espíritu, para designar la formación o la educación de la mente. A parte de ser usada para designar a un pedazo de tierra labrada, cultura se asocia a la idea de progreso y civilización. En un momento, cultura y civilización llegaron a confundirse, si se era civilizado se era culto y viceversa. Pero fue en el período de la Ilustración en el que estos dos vocablos se diferenciaron. La palabra habría pasado del francés al alemán, época en la que el francés tenía gran influencia en las clases superiores alemanas. La burguesía y la aristocracia no tenían vínculos estrechos en Alemania. Esta distancia social nutre cierto resentimiento, especialmente en algunos intelectuales quienes oponían los valores “espirituales” basados en la ciencia, arte, filosofía y religión, a los valores cortesanos de la aristocracia. Según ellos, sólo los primeros eran valores auténticos, profundos, los otros eran superficiales. Estos intelectuales les reprochaban a los príncipes su despreocupación por las artes y su dedicación total a las ceremonias de la corte que intentaban imitar las maneras “civilizadas” de la corte francesa. Había dos palabras que podían definir esta oposición. Todo lo auténtico y que contribuya al enriquecimiento intelectual y espiritual sería considerado “cultura”; en cambio, todo lo que no es más que apariencia, ligereza y refinamiento superficial, pertenecía a la “civilización”. Para la ilustre burguesía alemana, la nobleza de la corte, aunque civilizada, carecía de cultura.
Resumiendo la evolución del término, podríamos decir que el hombre labraba la tierra, la cultivaba; lo que llevó al concepto de que el hombre se labra así mismo, se cultiva y por último, el hombre deja como herencia su cultivo, el fruto de su labranza espiritual e intelectual, lo cual da como resultado la cultura de un pueblo.
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